CALCUTA.- En un minúsculo amasijo de hojalata, plástico y cartón -mal llamado casa- vive Saphina. Seis años encerrados en un cuerpo diminuto, con la sonrisa fácil, siempre dispuesta a alegrar su infancia. Pero las marcadas ojeras delatan sus muchas noches en vela; los profundos ojos negros no pueden ocultar que a su corta edad han presenciado episodios desagradables. Ella no los cuenta. Nadie le pregunta. Todos saben que es el día a día del 'slum' de Calcuta del que procede. Que en el sistema de castas que impera en la India -con cinco oficiales y miles de subdivisiones- ellos, los intocables, se llevan la peor parte. Y, si son mujeres o niños, sobrevivir se convierte en el más difícil todavía.
La situación de Saphina no dista mucho de la de Sultani, Karim, Amina, Koby, Pinky, Jafar... No levantan un palmo del suelo y ya conocen bien lo que es sufrir trastornos típicos de la edad adulta, como insomnio, depresión o dolor de cabeza crónico. Tampoco se libran de la malnutrición severa, los parásitos, la tuberculosis y los infinitos problemas de piel derivados de las condiciones en las que viven, de los efluvios y el calor insoportable que produce cocinar con carbón cuando la temperatura ambiental supera los 48ºC.
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